Introducción


En diciembre de 2015, el Gobierno de Cambiemos se propuso fortalecer las instituciones democráticas y mejorar la convivencia política, iniciar un proceso de inserción política y productiva de la Argentina en el mundo, detener el avance y hacer retroceder al narcotráfico en todo el país, normalizar la economía, incluido el sector de la energía, que estaba en una situación dramática, y ejecutar un ambicioso plan de obras (rutas, puertos, aeropuertos, Internet) para empezar a solucionar el enorme retraso en infraestructura que tenía el país, entre otras iniciativas.

En todas estas áreas, los primeros tres años de gestión del Gobierno muestran avances notables. En algunos casos con logros visibles, como la energía, la libertad de expresión y la lucha contra el narcotráfico, y en otros por haber puesto con mucho esfuerzo las bases para solucionar problemas estructurales de la Argentina, como en la economía, donde el Gobierno está resolviendo cuestiones pendientes desde hace décadas, como el equilibrio de las cuentas públicas, la inflación y la inserción internacional de su sector productivo.

En lo político, el Gobierno impulsó un clima de debate abierto y de conversaciones amplias, en el que todas los voces son escuchadas y respetadas. El Congreso recuperó su centralidad legislativa, fue sede de debates vibrantes sobre temas fundamentales de la vida pública y aprobó leyes clave para el funcionamiento del país, como la Reforma Tributaria, la nueva Ley de Donación de Órganos y la Ley del Arrepentido, entre muchas otras.

Este respeto por el intercambio de ideas en el Congreso se extendió a las provincias, a las que volvió a ofrecerles un federalismo verdadero y con las cuales firmó acuerdos estructurales, que saldan deudas históricas (como el Fondo del Conurbano Bonaerense). Y también se extendió al Poder Judicial, al cual se ha dejado trabajar con independencia y profesionalismo y que ya fue nutrido con más de 200 magistrados elegidos por concurso.

Existe, además, un clima de libertad de expresión como casi nunca antes en la historia democrática de nuestro país. El Gobierno dejó de ejercer influencia a través de la publicidad oficial o los medios públicos y el Estado abrió su información a la sociedad, gracias a la recuperación de las estadísticas públicas (no sólo en el Indec), la creación de la Agencia de Acceso a la Información y otras estrategias de transparencia activa.

Como ningún otro en las últimas décadas, el Gobierno dio pasos fundamentales para prevenir y evitar la corrupción. No sólo la corrupción pasada –para cuya investigación dio herramientas novedosas y ágiles a los jueces y fiscales– sino también la del futuro: con las nuevas normas sobre transparencia y conflictos de intereses y la tecnología aplicada a las compras y licitaciones estatales, cada vez será más difícil para los funcionarios la malversación de los fondos públicos.

Otra área de éxito indiscutido del Gobierno en estos tres años es la estrategia de inserción internacional, que reemplazó un modelo de aislamiento o alianzas improductivas, que veía al escenario internacional con recelo y desconfianza, por un modelo más abierto, que busca oportunidades y reserva un rol positivo para la Argentina en la escena global. Este cambio ya ha producido beneficios concretos para el país, no sólo por el apoyo de los principales líderes internacionales al proceso de reformas iniciado por el Presidente Macri, sino también por las oportunidades comerciales obtenidas para las empresas argentinas. En estos años la Argentina recuperó prestigio y protagonismo en el diálogo internacional, ejemplificado en su exitosa presidencia del G20 pero también en su participación en el Grupo de Lima, que contribuyó a consolidar la condena regional a las violaciones de los derechos humanos en Venezuela.

El Gobierno puso también un énfasis central en la lucha contra el narcotráfico, que en 2015 parecía perdida después de años de desidia y resignación. En estos años se fortaleció a las fuerzas federales de seguridad (a la vez que se aumentó el control sobre ellas) y se les dio un rol más claro y mejor coordinado con las fuerzas provinciales y los sistemas judiciales de todo el país. Esto permitió multiplicar los operativos antidroga, batir récords de incautaciones y devolver la autoridad del Estado en barrios y zonas que habían sido tomadas por las bandas delictivas.

Esta misma estrategia de mayor coordinación, transparencia y respeto por las fuerzas de seguridad permitió mejorar casi todas las estadísticas del delito (que, por cierto, se habían dejado de publicar en 2008 y volvieron a publicarse en 2016). Tres años después del cambio de gobierno hay en la Argentina menos homicidios, menos secuestros y menos robos que antes.

En lo económico, el rumbo del Gobierno fue siempre el mismo: ordenar los desbalances económicos heredados –no sólo de la administración anterior– y sentar las bases para crecer de manera sostenida, con el objetivo de disminuir la pobreza, su principal objetivo. Para eso se eligió un camino gradual pero firme en la reducción de la inflación y el déficit que fue exitoso durante dos años y medio, hasta que una serie de shocks imprevistos, combinados con la fragilidad histórica de la macroeconomía argentina y del proceso en el que estábamos, nos dejaron sin el financiamiento necesario y nos obligaron a acelerar algunas de nuestras metas.

Por eso estamos convencidos de que la economía de 2019, a pesar de las dificultades de los últimos meses, es más sólida que la de 2015 porque tiene pilares estables donde apoyarse. Ya no hay controles de cambios, comenzamos un sendero gradual de baja del gasto y de los impuestos, este año nuestras cuentas públicas estarán equilibradas, desde hace varios meses que exportamos más de lo que importamos, el Banco Central ya no financia al Tesoro, tenemos un tipo de cambio flotante y competitivo y dimos vuelta la situación de la energía, que en 2015 estaba al borde del colapso, entre otros avances.

La energía es uno de los ejemplos de mayor reversión de la trayectoria anterior. En sólo tres años cambió la dirección de un sector que había pasado de exportar a importar, cuyas producción e inversiones eran insuficientes y menguantes y que no podía ofrecer un servicio confiable a las empresas y las familias argentinas. Gracias a las medidas tomadas por el Gobierno y al esfuerzo de los argentinos, que tuvieron que afrontar la reducción de los subsidios al gas y la electricidad, hoy tenemos un sector energético que –tras el renacimiento de Vaca Muerta, las inversiones en generación eléctrica y el despegue de las energías renovables (hasta 2015 casi inexistentes)– tiene la oportunidad de ser líder regional en el sector, que aporte energía abundante y accesible para el sector productivo y los hogares argentinos.

Al mismo tiempo, diseñamos y estamos ejecutando un plan de obras de infraestructura ambicioso y federal, para compensar la inacción de los años anteriores y darle a la Argentina la oportunidad de estar mejor conectada dentro de sí misma y con el mundo. El plan incluye duplicar la cantidad de autopistas y recuperar el transporte de cargas pero también multiplicar la velocidad y el acceso a Internet, llevar agua y cloacas a casi dos millones de argentinos y hacer obras para mejorar el transporte público en ciudades de todo el país. El sector aerocomercial es una buena muestra del espíritu y los logros de estos avances: gracias a una combinación de mejores normas, más competencia y obras de infraestructura, la cantidad de pasajeros de cabotaje aumentó un 38% después de varios años de estancamiento o crecimiento vegetativo.

Sumada a todos estos logros hay una infinidad de conquistas y mejoras cuyo detalle es el objetivo de este documento, pero no de esta introducción. De la reforma administrativa del Estado y la simplificación de trámites a las mejoras en el PAMI y la creación récord de parques nacionales, pasando por la revitalización del crédito hipotecario, la recuperación de las exportaciones de carne y la urbanización de barrios populares, el Gobierno tiene visiones, estrategias de ejecución y resultados reconocibles en cada una de las áreas de gestión.

Aun así, además de todas las que hizo, hay varias cosas que este Gobierno no hizo y que también vale la pena destacar. No liquidó ni debilitó, por ejemplo, a las empresas públicas. Todo lo contrario: les dio una estrategia y una gestión profesional y transparente, que las alejó de convertirse en botines políticos y les permitió sostenerse por sí mismas, con operaciones reales y productos apreciados por sus clientes. Tampoco debilitó ni liquidó los programas sociales, a los cuales, por el contrario, consolidó, transparentó y universalizó, quitando intermediarios y acercando a sus beneficiarios al Estado. La inversión en servicios sociales, como porcentaje del presupuesto nacional, creció en cada uno de los años de gestión del Gobierno, hasta el 76% en 2018.

En síntesis, en estos tres años el Gobierno se hizo cargo del proceso de cambio político, social y económico para el que había sido votado, a través de una nueva manera de ejercer el poder y de manejar el Estado, con la convicción de que la gestión gubernamental es un servicio público cuyo foco debe ser no la supervivencia política sino la solución de los problemas de los argentinos, la protección de los derechos civiles y las instituciones republicanas y la búsqueda de que cada vez más argentinos tengan autonomía sobre sus vidas.

En sintonía con economistas como Amartya Sen, vemos el desarrollo como un camino para darle más libertades a un número cada vez más amplio de personas. Ése es, para nosotros, el verdadero objetivo: que cada argentino y cada argentina, solucionados sus problemas más urgentes –alimentación, vivienda, empleo–, sienta que tiene derecho a los mismos sueños que cualquier otro miembro de la sociedad. En ese camino estamos desde hace tres años.